lunes, 17 de agosto de 2015

Flores para una tumba

Para esta entrada solo tengo el nombre. He pensado en ello desde tu partida ¿A dónde iré a visitarte? ¿Cómo he de hablar contigo ahora que estás tan lejos? Pero incluso desde entonces has llegado en los momentos justos, precisos y también inesperados.

El tiempo hace más larga la distancia y sin embargo, no te pierdo.

Aún así temo recorrer nuestros espacios sabiendo que ya no estás allí. Prefiero mantenerme unos metros fuera, e imaginar que aún allí están tus cosas, los miles de lápices y cuadernos a medio usar, un computador que al igual que tu nunca paraba, el olor a mandarina o quizás granadillas, y tu, a un paso de distancia.

Claro que lo anterior no significa que no comprenda que ya no estás aquí, tu ausencia es de las pocas cosas que tengo claras últimamente. Tal vez sea por eso que temo tanto a tus espacios, y prefiera alejarme a la locura de estar allí, juntas nuevamente.

El detalle está en que saberte ausente no suprime el deseo de conversar contigo. Como te contaba al principio, he pensado en ello desde hace casi un año. Comprarte flores, tal vez de esas con las que me he topado en tus garabatos en los cuadernos a medio llenar ¿Lirios tal vez? O quizá prefieras unas más coloridas, tal vez comestibles, por supuesto, de chocolate.

He pensado en si comprar todo un ramo, tal vez solo una y conversar un largo rato fuera de los espacios en los que me sueles visitar, debes reconocer que han sido un tanto raros. He sentido la urgencia de agarrar cualquier flor, de cualquier jardín e ir a reunirme contigo.

Nuevamente caigo en cuenta de que quiero flores para una tumba que no existe. Tu, como la canción que no es canción, ahora eres tiempo, eres espacio así que seguiremos en contacto desde adentro, donde también vives, donde somos lo mismo porque no solo fui bien entrenada, sin darme cuenta, fuiste también semilla que quedó bien plantada.