Alberto,
Es viernes y llueve. Regresé
temprano del trabajo esta tarde, me sofocaban mis pensamientos, inventé algún
dolor que ya no recuerdo y me vine a casa. Prendí el primer cigarrillo mientras
preparaba el café. Oler la brisa fría y pensar, ahí viene. Ya a la segunda
taza, tercer cigarro, llovía como si el cielo se hubiese tragado el mar de una
sola bocanada.
Cuarto cigarro, siquiera compré
antes de regresar, la tempestad sería otra sin el humo. Nada que hacer excepto
ver barquitos de papel pasar por la canaleta que se forma naturalmente al borde
de la casa. Los miro desde la ventana, vienen desde la esquina, la casa de
Santiago, ya tiene 3 años. Han pasado cuatro.
Servirme otro café.
Han pasado ya cinco horas de
agua, ya los barcos no zarpan, debe estar dormido, es tarde. Sigo fumando mis
penas, inhalar y exhalar el dolor, y el humo. Van quedando las sobras y las
cenizas, como un patrón que se repite en todos los aspectos de mi vida.
¿Ya dije que han sido cuatro
años?
No dejará de llover, me sirvo una
copa y cambio de ventana. Hoy será una noche perdida, ya no vendrá, pero la
esperanza me hace abrir la ventana de la alcoba, mirar la lluvia. ¿Y si viniera
en uno de los barcos de Santiago? Pensar idioteces. ¡Mi celular! ¿Y si llamó y
no me di cuenta? Esta mente.
Acá está, solo ha llamado mi
madre. Debe ser por la lluvia ¿Quién podría salir a cualquier cosa con este
diluvio? Quedé fundida de repente, soñé que paraba de llover y salía el arco
iris. Tu estabas conmigo, lo atravesamos juntos. Escribir el sueño en el
cuaderno que dejaste para mí. Increíble, aun llueve.
¿Y si en verdad se acaba el mar?
Volver a la ventana, un
cigarrillo más. Se que me pediste que esperara. Dejo el cuaderno a quien lo
encuentre. No puedo esperarte más sin seguir enloqueciendo. Saltar. Ojala tu si
estés esperando.
Tuya nuevamente,
Mariana.