jueves, 21 de marzo de 2013

Tuya siempre


Alberto,

Es viernes y llueve. Regresé temprano del trabajo esta tarde, me sofocaban mis pensamientos, inventé algún dolor que ya no recuerdo y me vine a casa. Prendí el primer cigarrillo mientras preparaba el café. Oler la brisa fría y pensar, ahí viene. Ya a la segunda taza, tercer cigarro, llovía como si el cielo se hubiese tragado el mar de una sola bocanada.

Cuarto cigarro, siquiera compré antes de regresar, la tempestad sería otra sin el humo. Nada que hacer excepto ver barquitos de papel pasar por la canaleta que se forma naturalmente al borde de la casa. Los miro desde la ventana, vienen desde la esquina, la casa de Santiago, ya tiene 3 años. Han pasado cuatro. 
Servirme otro café.

Han pasado ya cinco horas de agua, ya los barcos no zarpan, debe estar dormido, es tarde. Sigo fumando mis penas, inhalar y exhalar el dolor, y el humo. Van quedando las sobras y las cenizas, como un patrón que se repite en todos los aspectos de mi vida.

¿Ya dije que han sido cuatro años?

No dejará de llover, me sirvo una copa y cambio de ventana. Hoy será una noche perdida, ya no vendrá, pero la esperanza me hace abrir la ventana de la alcoba, mirar la lluvia. ¿Y si viniera en uno de los barcos de Santiago? Pensar idioteces. ¡Mi celular! ¿Y si llamó y no me di cuenta? Esta mente.
Acá está, solo ha llamado mi madre. Debe ser por la lluvia ¿Quién podría salir a cualquier cosa con este diluvio? Quedé fundida de repente, soñé que paraba de llover y salía el arco iris. Tu estabas conmigo, lo atravesamos juntos. Escribir el sueño en el cuaderno que dejaste para mí. Increíble, aun llueve.

¿Y si en verdad se acaba el mar?

Volver a la ventana, un cigarrillo más. Se que me pediste que esperara. Dejo el cuaderno a quien lo encuentre. No puedo esperarte más sin seguir enloqueciendo. Saltar. Ojala tu si estés esperando.

Tuya nuevamente,

Mariana.