Era su quinta taza. Llevaba ya dos horas frente a la ventana viendo caer la lluvia; el cielo, como ella, se derramaba. “No va a llegar” pensó. Daban las tres y cuarenta y siete de la tarde y sirvió la sexta taza.
¡Te vas a poner negra! La voz de su abuela resonó junto con los truenos que pretendían con ínfulas de grandeza, apoderarse del silencio que trae consigo cualquier tarde gris en un pueblo en el que cae media gota y un hedor a tumba arrincona a cualquiera.
Ella sin embargo ignoraba los muertos, sin él a su lado sólo podía concentrarse en el olor que provenía de su taza, por alguna razón, ese aroma siempre le traía recuerdos de él.
Su olor, su piel, sus ojos: ella lo bebía con las mismas ganas que… Bueno, las mismas ganas. Era incluso la misma anticipación, el mismo burbujeo humeante, como si la ansiedad por llegar a ese punto máximo no diera a más espera, como si lo que hirviese fuese su sangre, y como si la sagrada toma viniese de su boca.
Esa noche la luna salió a adornar el pueblo, a acompañarla en su espera, su ya casi desesperanzada espera. El hedor seguía rondando la ventana, la puerta, la casa; habían pasado 300 tazas, su adicción seguía siendo la mima: él, él y su aroma; él y sus ojos, él y todo él y sólo él, y el no llegaba, sólo el olor a muerto.
Nadie nunca se percataba del olor que rodeaba a Nueva Sierra, todos se habituaron a transitar las calles como dejando atrás los recuerdos, como si no hubiese mas mundo que el mercado y mas cielo que la iglesia. Ella sin embargo, seguía a la ventana, y no se sabe si fue que la abuela tuvo razón o si es sólo que ni el tiempo ni el sol cedieron a la discusión, el asunto es que allí estaba ella, negra y humeante, como las tazas, las trescientas tazas.
Era su 36499 taza. Era el fondo de la taza, y era el final de todo. Hace un tiempo que veía una y otra vez intentado recordarlo a él, y a su aroma, y a sus ojos, y a su piel, pero no era igual, lo intentaría con la próxima taza. La 36500 taza, pero esa quedó intacta, cuando la servía no pudo dejar de notar el olor de los muertos, su hedor, sus sueños perdidos. ¿Quién se los habría matado?