Te dibujé como te recordaba de antes. Era una tarde gris cuando tu vestido amarillo cruzó por la puerta de la escuela. Aun caían lágrimas por tus mejillas y tus ojos reflejaban entonces el mar de tu existencia, como si todo tu futuro y tu pasado se concentrara en tus ojos, esas pupilas que ya entonces adivinaban tus adicciones y observaban al mundo como lo has observado siempre: con la incomprensión y el asombro de un alma niña en una vejez constante. Y ese vestido amarillo. El vestido que aun llevas puesto cada vez que te miro asomada en mi ventana intentando aplacar el silencio, gritando a todo pulmón que sigues viva y solicitando como demanda de vida que te deje crecer y seguir adelante.
Encontrar el punto exacto de la historia en el cual tu vida se detuvo, en el cual te convertiste en otra y empezaste a vivir la mentira en la que te convertiste para los demás. Mientras que el vestido amarillo se quedaba cautivo en tu alma niña y la mujer creció distante de su pasado, escondiendo las lágrimas que la rodearon esa tarde gris y que ahora es solamente lluvia que va y viene, y de la que no escapas.
Encontrar la salida a tu silencio y dejar correr tu voz y tu grito, grito de independencia, de libertad, de furia agotada por el paso de las horas, de los instantes que se te escapan.
Encontrar tu dibujo entre las sombras y hacer realidad el sueño de tu alma niña, y seguir vistiendo de amarillo.